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No se puede

En pleno confinamiento y cuando se empezaba a plantear el inicio del curso 2020-2021 escribí “Trata de arrancarlo, trata de arrancarlo”, una entrada planteando lo difícil que iba a ser iniciar el nuevo curso.

Hoy, cuando ha pasado un tiempo, cuando hay toda una movilización docente ante la ausencia de condiciones mínimas para comenzar el curso (y no voy a utilizar ni voy a referirme a los múltiples escritos denunciando la dantesca situación que nos espera) y hay una nueva reunión de la Consejería de Educación (y Deportes) con los sindicatos, quiero decir que no se puede. Ahora mismo, con unas instrucciones draconianas, cual espada de Damocles sobre la cabeza de las direcciones de los centros, con un protocolo de actuación inviable y con la falta de inversión necesaria, no se puede.

  • No se puede porque no hay espacios suficientes. Puede haberlos en algunos centros, pero no es, desde luego, la tónica general.
  • No se puede porque no hay condiciones (por falta de inversión y de espacios) para reducir la ratio.
  • No se puede porque no hay recursos humanos suficientes (docentes y no docentes).
  • No se puede porque estamos hablando de comunidades de entre, mínimo, 100 y más de 1000 e incluso 2000 personas conviviendo durante 5 o 6 horas diarias.
  • No se puede porque no hay garantías sanitarias para el desarrollo de la jornada escolar. No se puede mantener la distancia de seguridad, no se puede tener la mascarilla puesta tanto tiempo y no hay posibilidades de hacer la limpieza necesaria del mobiliario y las aulas.
  • No se puede porque en vez de realizar nuestra tarea docente, el tiempo se nos va a ir en organizar la entrada, la salida, los posibles cambios de aula y controlar los recreos, en intentar mantener la distancia de seguridad, en estar pendientes de las mascarillas, de los lavados de manos, de que no se toquen entre ell@s y de la limpieza del mobiliario y las aulas. Vamos a estar expuestos al contagio y vamos a poder contagiar sin, en realidad, poder desarrollar realmente nuestro trabajo. Porque nuestro trabajo en estas condiciones no sería docente, sería de vigilancia, limpieza y poco más.

Y, sí, el confinamiento nos ha demostrado que es necesaria la presencialidad, el contacto, la mirada, para asegurar una educación más efectiva e inclusiva, pero también el virus nos está demostrando que todavía no es nada seguro plantearla y las condiciones en las que vamos a poder desarrollarla son para echarse a temblar…, o llorar.

Y podemos darle muchas vueltas y plantearnos soluciones originales y válidas para ciertos centros y ciertos niveles, pero eso, desde luego, no va a garantizar una atención generalizada, ni adecuada. Pero sí podrían existir unos mínimos, como, por ejemplo:

  • que el alumnado con discapacidad grave y con necesidades educativas que requieran una atención presencial acuda al centro.
  • que en cada nivel se planteen una o varias líneas de enseñanza no presencial, con alguna o algunas tutorías presenciales por la tarde, para dejar más aulas libres y poder, al menos, disminuir el alumnado que acuda al centro y mantener la distancia.
  • En los centros en los que se pueda, hacer turnos de mañana y tarde.
  • En los centros con Secundaria, Bachillerato y Ciclos, hacer presencial la enseñanza de los niveles más bajos y no presencial las de los más altos con alguna o algunas tutorías presenciales por la tarde para este alumnado.

De todas maneras, por muy originales, o no, que sean todas estas “ocurrencias”, también requerirían alguna inversión en recursos, sobre todo de personal y, sobre todo, de personal no docente, y aunque serían fondos mucho menores que si se invirtiera todo lo necesario para tener las condiciones mínimas, tampoco esto estaría garantizado. 

En definitiva, que no se puede. Sólo con una gran inversión en personal y en infraestructuras se podría intentar. Y parece que eso no va a ocurrir. Al menos, hasta ahora, es innegable que no está ocurriendo.

Por eso, tal como comenté en “Trata de arrancarlo”, deberíamos plantear sólo un escenario de enseñanza no presencial. No nos gusta, pero es la opción más segura. En marzo nos cogió desprevenidos, pero ahora sabemos cuáles han sido sus fallos: brecha socio-digital, falta de inclusión y falta de un enfoque no presencial de la evaluación. Y, por ello, podemos resolverlos mucho mejor. Si entendemos que en las condiciones actuales no se puede ofrecer una enseñanza con visos de cierta normalidad (y creo sinceramente que hay pocas personas con sentido común que no acepten esto), tenemos que valorar esta alternativa como la más válida (para mí la única válida mientras la Escuela no pueda volver a ser la Escuela de verdad y no un esperpento lleno gel hidroalcohólico, mascarillas y virus circulando a su antojo), aun sabiendo que no es nada popular pero que sí es mucho más segura. Decidir esto no es fácil, hay muchas aristas, pero es que la alternativa presencial, con mejores o peores condiciones, nos puede llevar al desastre más absoluto: empezar el curso y tener que volver a un escenario de enseñanza no presencial pero con cientos de brotes y miles de contagiados a nuestras espaldas (a las de la sociedad en general me refiero)

Pero todo esto nos lleva a la otra perspectiva del inicio de curso, al de la conciliación familiar. Para empezar, quiero ser muy sincero porque en las circunstancias en las que estamos no hay mejor conciliación familiar que no contagiarse. Por eso estamos preocupados, como docentes y como ciudadanos. Nos preocupa contagiarnos y/o contagiar, pero, sobre todo, el contagio exponencial al que nos podemos enfrentar si no se toman medidas adecuadas, que desde luego no son las que se proponen desde la administración. La pandemia nos ha descubierto, redescubierto o abierto los ojos sobre problemas que ya conocíamos pero que nos tocaban tangencialmente, que no queríamos ver o que resolvíamos mal que bien en la anterior normalidad. Problemas como la desigualdad, la falta de preparación y de recursos del sistema educativo, la importancia de la Escuela y la falta de alternativas para la conciliación familiar, ya que sólo esta institución podía atender, y no del todo, a esa demanda social. Y tenemos, como sociedad, que buscar soluciones integrales y alternativas a este problema, agudizado por la pandemia, pero no resuelto antes y que tiene consecuencias económicas bastante profundas, porque para desarrollar esas alternativas hacen falta más planes de conciliación empresariales, más flexibilidad en las condiciones y en el horario laboral y una profunda modernización y digitalización de mundo del trabajo, para que si no puede haber escolarización presencial masiva, las familias puedan seguir trabajando. Hace falta, en definitiva, un compromiso social para la conciliación familiar para que esta no dependa exclusivamente de la institución escolar, que no renuncia a esa función, pero que no puede verse entre la espada y la pared ante situaciones como la actual.

Concluyendo:

  • Hay un gran descontento por la falta de garantías sanitarias para el inicio de curso.
  • Puede haber alternativas y soluciones más o menos originales y efectivas para iniciar la enseñanza presencial pero estas no garantizan que pueda ser algo sistemático ni generalizado.
  • Sólo con una potente inversión, que para nada se plantea que vaya a existir, se podrían tener ciertas garantías sanitarias.
  • Aunque no guste y mientras no contemos con condiciones sanitarias que garanticen la nula transmisión del virus, pienso que sólo es válida la enseñanza no presencial corrigiendo los errores ya vistos durante el confinamiento.
  • La conciliación familiar es un grave problema social que debe resolverse de manera integral y no puede depender sólo de la Escuela. Porque no hay mejor conciliación que no contagiarse y de nada va a servir una escuela presencial que provoque un nuevo brote que nos lleve otra vez al confinamiento o a cerrar los centros.

Y es que no se puede.

AUTOR

Manuel Jesús Fernández

Todos los relatos por: Manuel Jesús Fernández

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